Valió la pena...» La canción de Marc Anthony suena al otro lado del teléfono. Hasta que lo descuelga el flamante conquistador del II premio ABC. La voz de Sebastián Castella rezuma el esplendor propio de los elegidos. «Me da una alegría inmensa ganar un premio tan especial y de tanta categoría. Significa muchísimo para cualquier torero». Los sacrificios y duermevelas por formar parte de la Historia de la Tauromaquia también han merecido la pena. Su temporada se cimenta sobre las arenas de las plazas de primera categoría: treinta paseíllos y cuarenta y cinco orejas. Ningún otro matador ha alcanzado en 2009 esos números. ¿Sólo en los escenarios grandes se ve la verdadera dimensión de un torero? «Aunque hay que ser humilde, yo creo que es donde hay que entregarse al cien por cien para estar en la mente y en la boca de todo el mundo. No hace falta torear cien corridas: lo importante es cómo se hace y con quién». El peso de la púrpura Con tan sólo veintiséis años, la figura de Béziers se ha acostumbrado al peso de la púrpura. Le gusta la responsabilidad y se crece ante los retos más arduos. «El cuerpo y la mente son inteligentes y, cuando uno se mentaliza para estar bien, sale fresco y seguro. La madurez se alcanza con el tiempo, porque en mis comienzos a veces me sentía hundido en la tierra e incluso en los sitios de menor relevancia me ha llegado a faltar esa paz interna», evoca. El secreto del éxito es una ambición sin mácula: «No puede faltar. Además -añade- tengo la suerte de contar con un apoderado que es un fenómeno (Luis Manuel Lozano) y sabe perfectamente lo que necesito. Cuanto más fuertes son los compromisos, más feliz soy». ¿Más a gusto con el toro-toro? «Pues sí. No rehúyo nada». El jurado del premio ABC-Vicente Zabala ha ensalzado su temple, su quietud, su autenticidad y su superación. «Las cuatro son verdad, pero especialmente la última cualidad se ha visto mucho en mí esta temporada. Se lo he demostrado a aquéllos que criticaban que me faltaba profundidad. Y lo he hecho en el mejor sitio posible: Las Ventas». Dos Puertas Grandes enaltecen aún más su año. En la capital del toreo, en el Otoño de Madrid, ha cincelado su obra más primaveral. «Ha sido la faena de mi vida», asegura con rotundidad. ¿Ya ha descendido de las nubes? «¿De las nubes? ¡Yo estaba en la Luna! Fue algo grandioso, pero enseguida bajé a la realidad. Me cuesta tanto definir aquello...» Castella hace una pausa y bucea en su interior. En 2008 rozó los infiernos y en 2009 ha hablado de tú a tú a la gloria. Se respira la emoción. «Mire, artísticamente ha sido la tarde más completa, la más sentida. Desde que me liaba el capote de paseo hubo magia». Los oles aún retumban en su corazón, al igual que el traqueteo en su ascensión a hombros. «El vestido de luces acabó destrozado. Los aficionados me arrancaron los alamares. Fue una tarde inolvidable con un terno con varias connotaciones. Inspirado por Robert Ryan y Diego Ramos, participé en el diseño. A partir de ahora pondré siempre mi imaginación. Me gusta ser distinto». El torero del valor de hierro adora la creatividad y se siente artista. Todas las bellas artes se aúnan en su pasión primera: el toreo. Su verbo refleja hoy una intensa felicidad: ha sido distinguido con el trofeo de ABC, el silabario de la Historia de los Toros, y reconoce que para toda figura el galardón del periódico con más solera es de suma importancia. «Y más con el nombre de Zabala, un referente en la crónica taurina», anexa. Ya lo advirtió el caballero cervantino: al bien hacer jamás le falta premio. Y Sebastián Castella recoge ahora los frutos de la cosecha pintada sobre las principales arenas. Su «moisson» se ha labrado de faenas doradas como los destellos de las espigas de Van Gogh. Sebastián Castella, cual Monet, ha tendido un puente de seda entre el toreo de España y Francia. «La Fiesta es patrimonio universal». Palabra de un hidalgo francés, hijo de los cien mil de Sarkozy, con torería española.
|