El invento vespertino de que cada matador se trajese sus toros debajo del brazo naufragó. Se salvó El Juli de la quema no sólo porque tuvo la dignidad suficiente para llevar un toro como el de Daniel Ruiz, acorde a Olivenza pero puesto en hermosas hechuras y redonda culata, sino porque además su faena se distinguió por temple y poso, tempo y tratamiento. Sus compañeros de cartel, José María Manzanares y Miguel Ángel Perera, quisieron emular a George Clooney en la película de reciente estreno Los hombres que miraban fíjamente a las cabras. Pues cabras seleccionaron en el campo. A diferencia del filme, donde Clooney fulmina las cabrillas con la fuerza mental de la mirada, como su propio título indica, en el ruedo oliventino las liquidaron a espadas. Si ustedes, amados taurinos, realmente creen que en los tiempos que corren lo de ayer es un ejercicio de responsabilidad, no ven más allá de su cartera. El torito jabonero de Núñez del Cuvillo que eligió el equipo de Manzanares, de abrochadito de pitones que era, casi cerraba el círculo. El taurino profesional suele explicarlo haciendo un cruasancillo con los dedos índices de las manos: «Es así». Y pone los ganchitos y carita de embestir. Para colmo derramó suprema calidad y se le escapó enterito al torero alicantino, que ni dio el paso adelante, ni se olvidó de la puñetera técnica. Un poquito más, no mucho, aparentó el de Garcigrande. Por la colocación de la cara, que nunca terminó de descolgar, y porque enseñaba las puntitas. José María Manzanares tampoco se encontró, quizá ahora con más motivos, pero tampoco con excusa. Su cuadrilla y su acero sí funcionaron como un reloj. Para el poderoso Perera, escogieron una nimiedad cobardona y blanda de Victoriano del Río. ¡Ah, claro, sería para aliviarlo porque hacía el gesto de matar uno de Victorino! Cuando decían uno se suponía que era un toro y no un perro, por guardar la concordancia de género. Una rata, en femenino, para no afear a la ministra de Igualdad. Encima, extraordinario de noble y humillador. Miguel Ángel Perera lo entendió muy bien, y si no lo pincha… La próxima vez el gesto hágalo en Las Tiesas. Juli había administrado perfectamente la buena condición y el justo fondo del toro de Daniel Ruiz, más boyante a derechas.Y atacó cuando fue menester corriendo la mano con rango mayor. Se lo enredó con tonos ojedistas por las espinillas, jugó con una espaldina de amago y rubricó con su cañón. Por poco no cayó en el pecado de sus colegas con un frenado y defensivo ejemplar de Victoriano del Río. Un arrimón de orgullo se impuso a las carencias.
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