Espléndida mañana extremeña. La fina lluvia, cortinilla de agua entre olivos, se descorrió. El sol entreverado se asomó a modo de tímida primavera. Los paraguas y los impermeables se plegaron. Reverencias a la luz escondida desde hace 90 días. La grisalla de un invierno oscuro se evaporaba. El vestido grana y oro de Enrique Ponce destellaba igual que hace un año en punto. El mismo terno, el mismo Ponce. El toro de Zalduendo declaró sus intenciones en el capote. Subía el listón de lo que había sido hasta entonces la corrida. Esta vez sí, querido Fernando Domecq. Importante la criatura. El maestro de Chiva se puso pronto su papel. Brindó al público ceremonioso y por bajo se dobló con el sello de la casa. Enorme el cambio de mano genuflexo, que lo borda, y cumbre la trincherilla. Relajado, con el boato de la estrella que se ha acostumbrado a caminar por la alfombra roja de los focos, toreó con la derecha. El muletazo a la cadera, la cadera de Ponce donde mueren los muletazos. La naturalidad estudiada, coreada y cantada por la plaza de Olivenza. La izquierda fue breve, corto trámite sin igual eco. Laguna en el mar, que volvió a agitarse en varios pases a modo del de las flores pero sin serlo, en la apertura de una serie por molinetes, en la diestra poncista que se descaderaba. La mágica poncina, como pócima de embrujo, reconsquitó al alza los tendidos, enloquecidos por el brebaje que se cocina en el fuego lento de la imaginación valenciana que suele parir los monumentos falleros. Se fue Enrique Ponce tras las espada para rubricar la larga pieza con una estocada pasada que le entregó las orejas. Si Ponce levitaba sobre su cadera, Alejandro Talavante se hundió en sus riñones, rota la cintura, ahondando en su nuevo concepto. Sin pensárselo una vez, marchó a los medios o casi. Y allí el toreo zurdo brotó en su esplendor. El quinto zalduendo, enmorrillado como una pelota, abrochado de pitones y rizado de negritud, embestía en serio, con una fijeza que Talavante explotaba en toda su dimensión. Profundos los naturales, destroncada la figura. Inmensos los pases, largas las tandas. Había expresión en el toro y en el torero, fundidos los dos. La izquierda perdió la noción del tiempo en su eternidad. O más bien fue la derecha, la que siguió en redondo con los flecos arrastrados, olvidando Alejandro el extremeño, en la metamorfosis del sentimiento de los adornos, que la espada se le atasca, que los toros, incluso los notables como éste, tienen su cita pedida, su hora solicitada, con la muerte. Le echó la cara arriba en el embroque. Pinchó. Hundió media espada, inocua de tan tendida. La cabeza se le atascó otra vez en su obsesión por descabellar, como cuando no le dieron las luces para ordenar el final de la obra. La inoperante cuadrilla ayudó nada a que el toro descubriese la cerviz. Y nadie desde el callejón le aconsejó al hombre que se volviese a tirar a matar, con la amenaza inminente del tercer aviso. Cayó por su propio peso con la inestimable colaboración del puntillero, que no supo ir por detrás. La obra del mejor y resurgido Talavante no merecía tan obtuso epílogo. Incluso un bajonazo, como con el que despachó al suyo anterior, hubiera válido como último recurso. Entonces le privó de una petición mayor después de haberle tardado en hallar el temple a la flojilla embestida. A Cayetano Rivera le trajo por la calle de la amargura el tercero con el capote por sus ciegos y atravesados arreones. El presidente lo devolvió con más vista que el zalduendo. El basto sobrero le sirvió a Cayetano, con su bueyuno embestir, para que aflorara su dicción del toreo, lo bonito que lo dice, la sutil elegancia con que pronuncia los detalles. Hasta dos broches tuvo la faena hacia los adentros. Pero en esos terrenos, pasado de rosca el toro, no se cuadraba. Grata la sorpresa de despenarlo en el centro del ruedo. Y justo el premio. Caye, como le llaman íntimos y allegados, casi redondea con el sexto. Lindo el quite por tijerillas y de raza el arranque de hinojos muleta en mano. Apuntó muy alto la faena. Como el toro. Sin embargo, se apagaron ambos. Antes la embestida probablemente. Lejos quedó un zalduendo tonto de baba y baboso y la faena de los pasos perdidos de Ponce. En los albores de la mañana sin despertar.
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Enrique Ponce (Mauricio Berho)
" El presidente lo devolvió con más vista que el zalduendo. El basto sobrero le sirvió a Cayetano, con su bueyuno embestir, para que aflorara su dicción del toreo, lo bonito que lo dice "
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