En la calle había el runrún clásico de tarde de toros. Un rumor tibio como el sol de pretemporada. Los aficionados concentrados al calor de un carajillo para hacer voz. Valdemorillo descerrajó el portón de la temporada, y Leandro a punto estuvo de hacer lo propio con la puerta grande, que por algún sitio debe de hallarse, si la hubiere, en esta plaza protectora y cubierta. Leandro puso su nombre en boca de todos en la última Feria de Santander, y ayer se lo puso a la tarde serrana. Entre una y otra fecha, denominadores comunes tienden el puente sobre el tiempo: el buen toreo y la puñetera espada. Leandro lo dice y lo hace con delicadeza de muñeca. Fina escritura con la mano derecha con un noble toro que tardeaba un tanto en el inicio de las tandas, rubricadas con pases de pecho sobre el lomo de pitón a rabo. La finura se destroncó con más profundidad con la izquierda. Tres naturales de cartel, con el pulso de Santander presentido en el recuerdo. Un afarolado airoso luego con el viaje más escaso, otro par de obligados a la hombrera contraria y un cierre por bajo rítmico en el paso y con clase en el muñecazo. De tanto querer asegurar, lo que aseguró fue un bajonazo indecoroso. Así las cosas, el quinto, castaño y con más aparato por delante, salió suelto de todo y casi todos, apuntando rajarse. Pero lo que tuvo luego fue ese punto de mansito de abrirse y volver y repetir incluso con más motor del esperado. Leandro se encajó ahora desde el principio. Muy asentado y una diestra precisa en el cite, ligada y larga para templar el viaje hasta el final. Clamor de tandas, cimiento sólido de la faena. Cuatro quizá y de nuevo hermosura en los de pecho. Presentada la izquierda, se abrió un hueco en el embroque y el toro vio y amagó. Y tomó nota, porque de regreso a la derecha ya había fijado las coordenadas y los cojones sobre el mapa. Hora de matar. El alma en vilo. Leandro por fin mató, mal que bien -llega con todo a la vez, muleta y espada-, y se cobró el trofeo debido. Paseó ahora el anillo con la gorrilla campera de Manolo Lozano, que lo rebautizó por el camino de la esperanza. La corrida de Peñajara, y no sólo por el lote del fino pucelano, rehabilitó con matices el hierro tan castigado por la salud de la camada de 2009. Un tacazo de hechuras lucía el recortado toro que estrenaba la tarde. Bajo, estrecho de sienes, apretado. Tuvo ya son de salida en los lances de Miguel Abellán. Y lo mantuvo pese a que se empleó demasiado en el caballo. La justa fuerza lo acusó antes de la recuperación definitiva. En la media altura, Abellán lo toreó a derechazos. Compactas las series, sin fisuras y casi sin aire. Muy en bloque. Por la izquierda, le costaba más al toro, aunque en las dobladas finales sí que viajó por ese lado en los vuelos de la muleta. La rectitud del espadazo le llevó a Miguel Abellán a tocar pelo, que es de por sí expresión vulgarona. No hubo opción con el cuarto, un torazo burraco, con más armazón que entrañas bravas y poder, que movía la cabeza cual buey quitándose las moscas en verano. Abellán lo intentó por allí. Mas además de deslucido e incómodo, el toro se lo pensaba y rumiaba sus ideitas. Abrevió el torero sin darse más coba ni complicarse con otros recursos. No los merecía. Alberto Álvarez, un señor de Ejea de los Caballeros, presentó sus cartas credenciales con un quite de zarrapastrosas chicuelinas en el toro de Leandro. Comprobado el percal del aragonés, sólo quedaba esperar a su turno, como así fue. Si sería bueno el toro que no hizo ni por cogerle, a pesar de que Álvarez se colocaba y muleteaba sin sentido alguno. Ni técnico ni estético. Duro de contemplar para cualquiera de los toreros que, con una mínima posibilidad de serlo, se han quedado en su casa sin padrino político que los coloque. Ficha: Toros de Peñajara serios, de diferentes hechuras y buen fondo en general, con matices de fuerza, destacaron primero, segundo tercero y quinto. Miguel Abellán, de rioja y oro: estocada. Aviso (oreja). En el cuarto, estocada desprendida (silencio). Leandro, de verde pistacho y oro: bajonazo (petición y saludos). En el quinto, pinchazo, pinchazo hondo y descabello (oreja). Alberto Álvarez, de tabaco y oro: pinchazo y estocada (palmas). En el sexto, pinchazo y estocada baja (silencio). Plaza de toros de Valdemorillo, casi tres cuartos de entrada.
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" Así las cosas, el quinto, castaño y con más aparato por delante, salió suelto de todo y casi todos, apuntando rajarse. Pero lo que tuvo luego fue ese punto de mansito de abrirse y volver y repetir incluso con más motor del esperado. Leandro se encajó ahora desde el principio. Muy asentado y una diestra precisa en el cite, ligada y larga para templar el viaje hasta el final. Clamor de tandas, cimiento sólido de la faena "
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