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A modo de Currículum.
Nací en la clínica Loreto, en Madrid, el día del aniversario de la muerte de Juan Belmonte de 1970. Ya ha llovido. Padre ejercía de periodista taurino y madre ejercía de hija de torero. No sé todavía a quién de los dos se le ocurrió bautizarme Vicente en lugar de romper con la saga y evitar líos en casa. Mi primer colegio fue el San Isidoro, aunque pasé un año de párvulos en otro que se llamaba El Porvenir, junto las cocheras del Metro de la línea 2 de Cuatro Caminos. En 1982 cambiamos de casa y cambié de colegio. El famoso colegio del Pilar de Castelló 56, donde estudió Luis María Anson y José María Aznar, entre otros grandes cocos de España, condujo mis pasos y mi formación hasta la carrera. Pasé unos años extraordinarios, lejos de la mala educación y todas las chorradas intoxicadas que se vierten sobre la formación en manos de los curas, marianistas en este caso. Todavía mis mejores amigos son de aquella etapa. Entre el CEU y la Complutense saqué la licenciatura de Periodismo. Tardé trescientos siglos, porque don Vicente Zabala se empeñó en que para valorar el dinero y aprender la profesión había que trabajar desde muy pronto. Así que con la edad legal recién cumplida participé en dos programas de TVE, uno sobre Pepe Luis Vázquez –Pepe Luis a secas- y otro sobre Nicanor Villalta. Cayó el primer parné. Bueno, no es del todo cierto, porque en 1982 mi hermano y yo nos ganamos doce mil pesetas repartiendo por las calles del Foro propaganda de la Corrida de la Prensa, la última que organizó el bato, que se retiró triunfante con el indulto del “Velador” de Victorino en Las Ventas, hecho histórico que puso a Ortega Cano en el disparadero de la gloria. Otro de los empeños del maestro de la crítica fue que hiciese la mili voluntario: dos meses de campamento en Plasencia en pleno verano (sin palabras) y catorce, ¡catorce meses!, en el hospital militar Gómez Ulla de Carabanchel, cerca de La Chata. Después quitaron la mili, pero ciertamente me había desprendido del peso de las prórrogas y posibles tentaciones, que jamás hubiese tenido, de hacerme objetor de conciencia. Y además juré bandera, que era lo más ilusionante.
Antena 3 Televisión no disponía entonces de infraestructura, así que contrató los servicios de la agencia Efe de televisión para cubrir las imágenes de la Feria del Pilar que se emitían en el telediario de José María Carrascal. Allí me fui de asesor y montador. Corría el año 89. En el verano de 1991 regresé –ya había hecho algunos escarceos- al programa de Antonio Herrero (“El primero de la mañana”) en Antena 3, como becario. Tres meses en turno de noche me sirvieron para abrirme las puertas de su equipo y quedarme en octubre como ayudante de redacción y un contrato en precario. Por supuesto, turno de búho. Año y pico después, A3 desbanca a la SER en el EGM (Estudio General de Medios), lo que impulsa una operación hostil contra la radio más joven, contra la grandiosa aventura de Martín Ferrand: en 10 años había colocado a la cadena como líder. El felipismo no lo toleró y con su brazo armado del polanquismo cometió el antenicidio. Agua pasada… Pero no está mal recordarlo. José María García y Antonio marcharon a la COPE. Y yo con ellos. Con Antonio, claro, que contó con sólo cuatro miembros de su equipo. Por primera vez entré en plantilla de una gran empresa, con un sueldo estupendo por el que valía la pena seguir haciendo periodismo de doce de la noche a ocho de la mañana. A los 22 años se puede con todo. Incluso el gran jefe me permitió, en un día de ausencia, presentar las cuatro horas de programa: ¡qué mérito los que hacen la radio en directo todos los días!
En 1994 cubrí para ABC tres tardes de la Feria de Valladolid, y también me descubrieron una leucemia galopante: el doctor José María Fernández-Rañada y mi hermana Verónica me salvaron la vida con un transplante de médula (que es la ósea, como el tuétano, y no la espinal como muchos creen). Total, que salí adelante por los pelos pero sin pelo, y en 1995 se mata mi padre en un accidente aéreo contra las montañas de Cali (Colombia). En el mismo avión de ida para recoger sus restos, Luis María Anson y Andrés Fagalde “conspiran”, y a la vuelta me ofrecen, con el visto bueno de don Guillermo Luca de Tena, la jefatura de la sección taurina de ABC. Lo acepté acojonado, pensando que siempre habría tiempo de volver con Herrero o a la radio en caso de naufragio titánico. Los “aspirantes” me odiaron desde entonces y, todavía, cuando hay algún roce, o sin que medie nada digno ni de tarjeta amarilla, lo primero que hacen es atacar por la vía de la “herencia del cargo”. Vale, pero aquí seguimos doce años después. Tal vez el mayor logro personal de esta década haya sido crear con el doctor Fernández-Rañada una fundación (la Fundación Leucemia y Linfoma, leucemiaylinfoma.com) de investigación y apoyo a los enfermos de enfermedades hematológicas. “Hemos” cualificados y amplios estudios científicos, como el primer Registro de Leucemias de España en coordinación con ciento y pico hospitales. Casarme con María Armada fue la otra gran meta conquistada.
Seguir en la escritura táurica no ha sido batalla fácil. Pero el año más cuesta arriba ha sido el de 2006, por el acoso político con el que han querido taparme la boca por mis críticas a la gestión de Las Ventas. Menos mal que en ABC cuento con un director como José Antonio Zarzalejos, que se viste por los pies.
Desde que aborde el periodismo taurino, el objetivo diario y permanente ha sido mejorar y aprender. Por muchos toros que hubiese visto desde la niñez desde “mi” andanada del “3” venteña, por mucho que hubiera escuchado hablar de toros en casa, en la calle de la Victoria los domingos por la mañana –mi padre no nos llevaba a jugar al parque pero sí quiso inculcarnos la afición por la Fiesta y el Real Madrid: soy socio desde 1977-, en casa de don Victoriano de la Serna –nunca le llamamos abuelo-, nunca es suficiente. Ni lo sigue siendo. Cada tarde se aprende algo. Tampoco fue tarea baladí encontrar un estilo de escritura, de hecho creo que aún no lo que hallado, y oscila según los días o las ferias. Lo único claro es que algo mejor que hace doce años está. Por lo menos ya no desentona tanto del nivel de calidad que siempre exigió ABC. Y en cuanto a los principios en que se fundamenta el ejercicio de la crítica o la crónica, esos sí que son heredados: independencia, honestidad y, pese a los palos, equilibrio. En tiempos de extremismos, en los que se cree o que para ser mejor crítico hay que andar todo el día a garrotazos o que hay que callárselo todo y poner velos para tamizar la realizad, el justo medio es una posición difícil, que no siempre mantengo.
PREMIOS
Quien diga que no le gustan los premios es un gilorio. Uno puede ser humilde, pero que te reconozcan el trabajo gusta, ¿o no?
En 1996 cayó el premio José María de Cossío de la Real Federación Taurina a la Defensa de la Fiesta, pero a mí me parece que era un reconocimiento a la reciente muerte de mi padre: todavía, en un año, no habia habido tiempo de nada.
En 2003 la revista “6 TOROS 6” nos reconoce a ABC como la mejor sección taurina. A este trofeo se suma el de la mejor crónica de la Feria de San Isidro, titulada “Por la Puerta Grande, en el nombre del padre”, que narraba la salida a hombros de El Califa al día siguiente de la muerte de su padre.
Entre esta temporada y la siguiente, no recuerdo bien, el Hotel Ercilla premia con un galardón al grupo VOCENTO por su cuidado y esmero por la Fiesta de los toros: ABC ahí siempre ha marcado pauta a lo largo de los 365 días del año, como Barquerito marca diferencias con sus crónicas para EL CORREO y su potente cadena de medios. Recogí la escultura aunque faltó Nacho y se le echó de menos.
En 2004, TORESMA 2 nos concede el premio a la mejor sección taurina, y el VI premio “Manuel Alcántara” de la Universidad de Málaga y el Diario Sur por un artículo abecedario sobre José Tomás: “La mirada del mito”. Conocer al maestro Alcántara fue la mejor recompensa. Aunque el mayor reconocimiento fue fichar en 1998, de la mano de Salvador Pascual, por la revista “APLAUSOS”.
La Universidad de Málaga me entrega el VI premio “Manuel Alcántara” . Me lo conceden por un artículo abecedario sobre José Tomás en la soledad de su retirada: “La mirada del mito”. Conocer al maestro Alcántara fue la mejor recompensa. Aunque el mayor reconocimiento en estos años fue fichar en 1998, de la mano de Salvador Pascual, por la revista “APLAUSOS”, y suceder a Don Álvaro Domecq y no a Vicente Zabala, un escudo ante las lenguas afiladas de los que tiran con el arco de la envidia. Lástima que a finales de 2006 haya tenido que decir adiós por discrepancias profesionales, no económicas, con la dirección. A principios de 2006 el Círculo de Amigos de la Dinastía Bienvenida me entregó la Fábula Literaria con el nombre de mi padre, un precioso trofeo que antes se ganaron Guillermo Luca de Tena, Rafael Peralta Revuelta y Muriel Feiner, y que en 2007 ha recaído en Fernando del Arco.
En cuanto a obras, no he pasado de prólogos; el mejor es el que presenta el libro de “Las Taurinas de ABC” de la editorial Luca de Tena, una obra con las críticas/crónicas más importantes de los cien años de ABC. En el resto de prólogos destaca quizá el de la reedición de “El Libro de los Toreros” de El Caballero Audaz. Por el centenario de la Unión de Criadores de Toros de Lidia colaboré con un extenso escrito sobre los ganaderos de antaño y de hoy, una especie de historia reducida de nuestros grandes ganaderos.
Sí, conferencias también he dado por algunas (bastantes) partes, pero no soy partidario. Lo paso mal. Y mucho menos me gustan los coloquios: cuestión de mi vergonzoso carácter y de anteponer mi opinión libre a tenerla que hipotecar por tener a los protagonistas de las corridas en el micrófono. En tertulias sí hicimos unas en “Radio Intereconomía” durante un par de sanisidros.
Cualquier día haré un libro. Si sigo contando con la paciencia de ustedes los lectores. Espero que les motive esta página web, que no tiene más aspiraciones que mantener un rincón para la libre escritura.
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